jueves, 23 de mayo de 2019

El conservadurismo según Scruton


El término "conservador" no goza del agrado de la mayoría de los asiduos al debate político en nuestros días. La izquierda lo usa como mantra para crucificar a sus rivales, mientras que la derecha, lejos de reivindicarlo, lo evita y recurre a otras palabras para definirse: "liberal", "centro"... Incluso a veces la derecha pretende ridiculizar a la izquierda haciendo pasar a esta por "conservadora" o "puritana" (por ejemplo en temas como la prostitución y la gestación subrogada), sin darse cuenta de que de ese modo solo reafirman la hegemonía cultural izquierdista. 

Entre quienes estudian el conservadurismo a nivel filosófico, ha habido dos posturas que, si bien ya no son predominantes, siguen influenciando la percepción del gran público sobre la cuestión. Una entiende lo conservador como un mero vestigio de épocas pasadas, de sistemas políticos superados. El papel del conservador, por tanto, se reduce a ir a remolque de los acontecimientos y ser finalmente vencido por las fuerzas "progresistas". El aristócrata debe ser derrotado por el burgués y este a su vez por el proletario. La historia ya está escrita y el progreso es continuo y permanente. Aunque el historicismo y el idealismo ya no sean populares en filosofía, quedan poderosos remanentes de estas ideas en la cultura popular. ¿Cuántas veces no se nos ha dicho que tal o cual debate está ya "superado"? ¿Cuántas se nos insta a abandonar determinadas actitudes porque representan "involución"? ¿Cuántas se nos disuade de protestar contra algo porque se trata de un proceso social imparable y no se puede "volver hacia atrás"?

Existe otro entendimiento del conservadurismo que no es despectivo, pero que sin duda rebaja bastante su potencial político. Es la postura que sostiene que los conservadores son útiles para mantener lo que hay de bueno en el orden social y para rechazar experimentos poco recomendables, pero que no tienen ni programa ni principios propios que llevar a la práctica más allá del miedo al cambio y el continuismo. Esta es la idea que subyace a las críticas de Friedrich Hayek al conservadurismo y a su intento de diferenciarlo nítidamente del liberalismo al que él se adscribe. Samuel P. Huntington, en un influyente ensayo sobre el tema, también defendió algo similar.

Roger Scruton, posiblemente el mayor filósofo conservador vivo, presenta en este libro un planteamiento diferente. Su defensa del conservadurismo, partiendo de las que ya hicieran Russell Kirk y Michael Oakeshott, trasciende las ideas de estos y configura una teoría propia y original. En Conservadurismo, el lector encontrará una narración intelectual ponderada de los orígenes y la evolución del conservadurismo filosófico y político desde las revoluciones modernas hasta nuestros días. Scruton acepta como base el famoso aserto de Kirk de que el conservadurismo no es una ideología en el sentido utópico y revolucionario de esta, pero al mismo tiempo reincide en que los conservadores defienden unos principios del orden político muy definidos y delineados. Su método, pues, combina la reflexión histórica con la filosófica, exponiendo cómo los grandes conservadores del pasado se enfrentaron a las amenazas de su tiempo. 

De todo lo que Scruton nos plantea en su obra, señalaría algunos puntos principales:
  1. El conservadurismo no se reduce a defender un determinado statu quo, ni es tampoco un sentimiento de nostalgia de una supuesta época dorada. No se puede atar el pensamiento a lo que está necesariamente limitado en tiempo y lugar. Por lo tanto, ser conservador no consistirá en defender un concreto régimen, sino unos principios que todo régimen debe respetar. 
  2. El conservadurismo es anti-utópico de nacimiento y se opone a todo proyecto que pretenda redefinir la naturaleza humana, especialmente a través de la ingeniería social promovida por el Estado. 
  3. Existen determinadas instituciones sociales que son esenciales para una vida civilizada y que el conservadurismo coloca en el centro de su defensa: la propiedad, la familia, la religión, el municipio, etc. A diferencia de los libertarios, que querrían reducirlo todo a la propiedad y la libertad, los conservadores saben que hay más cosas en juego.
  4. Como corolario de todo lo anterior, el conservadurismo se opone necesariamente a todo poder político ilimitado. La experiencia muestra con claridad que el totalitarismo es el mayor destructor de los hábitos y las instituciones tradicionales que los conservadores aman. El gobierno, sea del tipo que sea, deberá ser limitado y controlado.
  5. La educación y la cultura, lejos de ser monopolios de la izquierda, son ámbitos clave que el conservador debe reclamar. Promover los sentimientos correctos, la idea de comunidad y el respeto a las jerarquías es vital para toda sociedad sana, como también lo es que el buen arte ocupe el lugar que le corresponde. 
  6. El conservadurismo, al menos en Occidente, tiene que ser liberal. Esto es: los principios que el conservadurismo defiende solo pueden ser realizados, aunque sea imperfectamente, en una sociedad cuya constitución política recoja lo esencial del legado liberal (constitucionalismo, separación de poderes, libertad individual...). Este liberalismo, empero, debe distinguirse claramente del progresismo posmoderno que nos inunda. Las instituciones liberales no implican de por sí el relativismo, el hedonismo y el igualitarismo extremos de hoy. Antes al contrario: rectamente entendido, el liberalismo puede ser un baluarte en la lucha contra estos. La simbiosis entre liberalismo y conservadurismo, ensayada por primera vez en la guerra contra el comunismo, puede y debe ser retomada en nuestros días para derrotar al nuevo gran enemigo de la civilización occidental.
Scruton, en definitiva, ha actualizado de un modo admirable el credo conservador, presentándolo de forma sencilla y a la vez penetrante a unas generaciones con escaso o nulo conocimiento de él y muchos prejuicios en contra. Nadie dijo que sería fácil, pero al igual que Kirk, Richard Weaver y muchos otros de sus compañeros aceptaron el reto de restaurar el conservadurismo en los Estados Unidos de la posguerra (en un momento de apogeo progresista, en el que el triunfalismo disculpaba el materialismo rampante y la lenta pero corruptora disolución de los vínculos tradicionales), así nosotros debemos hacer lo propio hoy. 


Roger Scruton, Conservadurismo, el Buey Mudo, trad. de Diego Pereda, 2019.

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