jueves, 15 de noviembre de 2018

"Melquíades Álvarez. El drama del reformismo español", de Fernando Suárez González



Melquíades Álvarez González-Posada (1864-1936) no es muy conocido por el gran público en España a día de hoy, ni tampoco reivindicado con especial interés por ninguna fuerza política. Sin embargo, este gijonés fue una de las personalidades preeminentes del país durante los últimos años del sistema de la Restauración, desempeñando asimismo un notable papel en la Segunda República. Su olvido, sin duda, debe atribuirse a la extrema polarización desencadenada por la Guerra Civil, que marginó a los moderados que, como él, buscaron representar una vía media entre reacción y revolución y establecer una democracia parlamentaria plena y estable. 

Por fortuna, esta condena a la oscuridad se ha ido rectificando recientemente, a medida que han proliferado los estudios sobre la vida política de la época y sobre sus principales protagonistas. Esta biografía, obra del prestigioso jurista y ex ministro de Trabajo Fernando Suárez González (1933- ), cumple sobradamente con su cometido de contribuir a un mayor conocimiento de la figura de Álvarez y de su pensamiento, en una coyuntura en la que quizá es más necesario que nunca. 

Melquíades Álvarez fue siempre un convencido demócrata y un adversario implacable de las corruptelas y las prácticas deshonestas en el gobierno, lo que le llevó a rechazar el caciquismo característico de la Restauración y a defender la total regeneración del sistema político español. Con este objetivo fundó y dirigió el Partido Reformista (1912), que pronto se convirtió en la principal oposición democrática al régimen existente. Pese a ello, Álvarez nunca rechazó la posibilidad de pactar con los partidos dinásticos si con ello lograba avanzar en su causa, por lo que no se declaró expresamente republicano hasta que la crisis de la monarquía llegó a su punto culminante. Durante la Segunda República, su nuevo Partido Liberal Demócrata se encontró situado en el centroderecha, opuesto por igual al radicalismo de las izquierdas y de la derecha enemiga del nuevo orden. Con el objetivo de facilitar la consolidación de una república democrática y respetuosa con los derechos individuales, colaboró con los sucesivos gobiernos del Partido Radical de 1933 a 1936, sostenidos por el apoyo parlamentario de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), entonces primera fuerza en la Cámara. Al contrario que Azaña y los demás líderes republicanos de izquierda, Álvarez no rehusó cooperar con la CEDA, a pesar de sus diferencias ideológicas, en el convencimiento de la necesidad de integrar a la derecha católica en el sistema. Tras el estallido de la Guerra Civil en julio de 1936, fue arrestado y encarcelado en la Cárcel Modelo de Madrid junto a otros dirigentes del republicanismo liberal y conservador, siendo asesinado la noche del 22 al 23 de agosto por milicianos que habían asaltado la prisión. 

Pese a sus aparentes cambios de postura a lo largo del tiempo, el ideal político al que Álvarez consagró su vida fue, en realidad, siempre el mismo: la democracia liberal y parlamentaria. Tal como muestra acertadamente Fernando Suárez en el libro, el gijonés mantuvo durante su carrera la coherencia de sus planteamientos. Defendió la reforma social como medio de mejorar la situación de los más desfavorecidos, pero nunca fue un revolucionario, y aceptó la superioridad del capitalismo de libre mercado sobre el totalitarismo comunista. Se opuso a la confesionalidad del Estado y a toda legislación basada en preceptos religiosos, pero rechazó el anticlericalismo estéril y las pretensiones de marginar la religión en la sociedad. Criticó el centralismo extremo, pero también el nacionalismo periférico, advirtiendo de los peligros que este encerraba para la unidad de España. En un contexto de creciente radicalización y legitimación de la violencia en política, continuó fiel al viejo credo liberal de tolerancia con el disidente y no exclusión del adversario. En mi opinión, fue este último aspecto el que finalmente determinó su trágico destino. Su negativa a abandonar las palabras en favor de las armas lo convirtió en enemigo a ojos de aquellos para los que toda discrepancia debía ser aplastada por la fuerza. 

Han pasado más de ochenta años desde el brutal asesinato de Melquíades Álvarez. Ni en el régimen republicano, a pesar de sus esfuerzos, ni en el franquista tuvieron acogida sus ideas. Ninguna de las dos Españas de 1936 lo reclamó como uno de los suyos, y en la democracia actual no ha recibido un tratamiento mucho mejor. Razones partidistas se esconden tras ello, pero qué duda cabe de que, para las generaciones más jóvenes, este desdén también se debe al puro y simple desconocimiento. Libros como el de Fernando Suárez son por este motivo imprescindibles, pues la figura del asturiano es del mayor interés para nosotros hoy en día. Los muy liberales aprenderán que la defensa de la libertad no implica inhibición ni desaparición del Estado. Los que se ven tentados por el populismo demagogo harán bien en recordar las advertencias de Álvarez sobre el peligro de una democracia sin imperio de la ley ni reglas del juego. Y muy especialmente, quienes rechazan el patriotismo por considerarlo intrínsecamente violento o pasado de moda descubrirán cómo este gran demócrata y reformista proclamaba como pilar básico de su programa "el postulado santo de la unidad nacional y confundiéndose e identificándose con este principio el sentimiento de la patria y el amor a España". Releer a Melquíades Álvarez es por tanto una asignatura pendiente para todos. 


Fernando Suárez González, Melquíades Álvarez. El drama del reformismo español, Marcial Pons, Madrid, 2014. 

lunes, 12 de noviembre de 2018

"Emilio Castelar. La Patria y la República", de Jorge Vilches García



La primera entrada de mi nueva sección "Visiones de España" va dirigida a quien fue uno de los mayores oradores de la historia del parlamentarismo de nuestro país. Emilio Castelar y Ripoll (1832-1899) provenía de una familia humilde y tuvo que abrirse paso en el turbulento siglo XIX español merced únicamente a sus propias capacidades, llegando a ser en la cumbre de su carrera presidente de la Primera República. En esta sucinta pero eficaz biografía, el historiador Jorge Vilches (1967- ), profesor de la Universidad Complutense de Madrid, nos describe su pensamiento y su trayectoria política, una de las más destacables de la época. 

Castelar, nacido en Cádiz y criado en Elda (Alicante), realizó, como tantos otros políticos de renombre en su época, el obligado traslado a Madrid para estudiar en la Universidad Central. De grandes dotes intelectuales y hábil con la pluma, comenzó a hacerse un hueco en la política a través de su actividad periodística, que siempre le serviría como punto de apoyo. Durante el convulso reinado de Isabel II se incorporó al Partido Demócrata, la rama más radical del liberalismo español, que reclamaba el sufragio universal, la supremacía de las Cortes sobre la Corona y un amplio reconocimiento de los derechos individuales. Los fracasados intentos de reforma del régimen y el creciente autoritarismo de parte de los partidarios de la reina acabaron convirtiéndolo en republicano, aunque manteniendo por lo demás intacto su credo político. Tras apoyar la Revolución Gloriosa de 1868 trabajó para crear un consenso entre las diferentes familias liberales que permitiera la instauración de la república de un modo pacífico y con perspectivas de estabilidad. Pero la eventual proclamación del régimen republicano en febrero de 1873 no contó con la adhesión mayoritaria que él esperaba, y el antagonismo y la división entre sus propios correligionarios frustraron sus deseos de orden y paz. Como presidente (septiembre 1873-enero 1874), sus esfuerzos por consolidar el sistema no dieron resultado, abocando poco después a la Restauración monárquica. Pese a la derrota, Castelar permaneció activo en política, concentrando sus energías en la formación de una alternativa que, trabajando dentro del nuevo orden, permitiera la paulatina realización del programa del liberalismo democrático que siempre defendió. A su muerte, buena parte de este programa había sido aprobado, gracias en no poca medida a su persistencia. 

El rasgo más distintivo de la personalidad de Castelar, y que a mi juicio más llama la atención del lector actual, es el contraste entre la absoluta firmeza de sus principios políticos y su flexibilidad y falta de doctrinarismo a la hora de ponerlos en práctica. Ideológicamente, Castelar se ubicaba sin ambages en la órbita del liberalismo clásico más avanzado, defensor implacable de los derechos individuales, del parlamentarismo y de los ideales ilustrados de la razón y el progreso, opuesto a cualquier forma de autoritarismo monárquico o clerical. Sin embargo, este hijo de 1812 nunca fue un demagogo ni un jacobino. Para él, el liberalismo y la democracia debían demostrar ser capaces de garantizar el orden y la seguridad, y su triunfo había de ser fruto de una amplia aceptación y no de la imposición violenta de un partido. Su modelo fue Thiers, no Robespierre, y su enfrentamiento con los socialistas republicanos de Pi y Margall deja clara la gran distancia que le separaba por igual de la "demagogia blanca" y de la "demagogia roja". Su lucha contra el cantonalismo refleja su profundo patriotismo y su conciencia de la importancia de la unidad nacional. Por ello, en buena medida su fracaso como gobernante (y el de la Primera República) es muestra de la perenne dificultad de nuestro país durante los últimos siglos para alcanzar un consenso duradero en muchas cuestiones políticas clave. En el caso concreto de Castelar, la falta de entendimiento entre las diferentes ramas del liberalismo y la ausencia de un sistema de partidos capaz de darle soporte lastraron el desarrollo del constitucionalismo español y propiciaron que España fuera poco a poco quedando rezagada con respecto a las naciones más prósperas de Europa. 

Sin embargo, el fracaso de Castelar fue relativo. Su posibilismo durante los años de la Restauración, su repudio de la violencia estéril y su disposición a trabajar dentro de la legalidad permitieron mantener vivas las causas por las que luchó. Tras su muerte, estas causas encontrarían nuevos y eminentes defensores, que con su mismo sentido de Estado continuarían esforzándose por favorecer el progreso del país. Por todo ello su figura, sus principios y su ejemplo siguen siendo hoy de especial interés para nosotros. 

No puedo concluir sin antes agradecer al profesor Vilches su gran trabajo, que nos brinda la oportunidad de acercarnos a uno de los personajes más relevantes (y no siempre merecidamente recordados) de la historia de España. 


Jorge Vilches García, Emilio Castelar. La Patria y la República, Biblioteca Nueva, 2001. 

Nueva sección: Visiones de España

Quiero anunciar que desde ahora abriré una sección específica dedicada al pensamiento político español. En "Visiones de España" reseñaré a las grandes figuras que a lo largo de los siglos han reflexionado (y en muchos casos actuado) sobre los problemas de nuestro país, analizando asimismo sus diversas propuestas. Algunos de ellos serán bien conocidos para el gran público y otros, por el contrario, habrán caído en un cierto olvido, pero todos han desempeñado un papel fundamental en el devenir de España. 

Es para mí un verdadero placer colaborar en la divulgación de estas obras, cuyo conocimiento se me antoja esencial para entender y enjuiciar la evolución política española.

viernes, 2 de noviembre de 2018

"El príncipe", de Nicolás de Maquiavelo




Nicolás de Maquiavelo (1469-1527) está considerado por muchos como el fundador de la filosofía política moderna y ha pasado a la historia como uno de los máximos representantes del pensamiento renacentista. Durante su vida no se limitó a teorizar, sino que también desempeñó una notable actividad política en el breve paréntesis republicano del gobierno florentino, entre 1494 y 1512. Su obra ha sido objeto de numerosos comentarios de muy diversa índole: de un lado, existe toda una tradición que lo juzga negativamente, como el precursor de un cinismo extremado y falto de escrúpulos en el ejercicio del poder. De otro lado, su aspiración a una unión de los pueblos de la península itálica frente al predominio de los pontífices recibió una valoración positiva en el siglo XIX por parte del emergente nacionalismo italiano. Asimismo, en la actualidad sus ideas humanistas han experimentado un cierto renacimiento de la mano de los autores "neo-republicanos", como J. G. A. Pocock y su escuela. 


Sea como sea, lo único cierto e incontrovertible es que El Príncipe, su obra más influyente, publicada de forma póstuma en 1532, se ha convertido en un clásico del pensamiento. El libro, planteado de manera engañosamente simple, aparenta no ser más que un conjunto más o menos estructurado de consejos y recomendaciones para conquistar y mantener el poder en los principados. El principado, en Maquiavelo, es el tipo de régimen que se contrapone a la república, en una clasificación original surgida de su propia pluma que no se guía, a diferencia de la filosofía escolástica, por los cánones aristotélicos. Desde un inicio, por tanto, queda clara la intención de Maquiavelo de ofrecer una nueva visión de la política y sus objetivos, pues en su obra desaparece la noción clásica de formas puras e impuras de gobierno y, en consecuencia, la de bien común, que está en su base. Para él, lo único que puede distinguir un régimen de otro es quién ejerce el poder. El problema político fundamental, pues, no consistirá en estudiar los fines del gobierno para enjuiciar de esta manera sus distintas manifestaciones, sino en aprender los medios para su establecimiento y conservación.


Por estas razones, las reflexiones de Maquiavelo parecen más dirigidas al político en ejercicio que al filósofo o al erudito. Su énfasis en los hechos empíricos y su reticencia a discutir principios de conducta que no estén respaldados por la práctica le hacen sin duda vulnerable a la acusación de dejar de lado cualquier dimensión ética y sostener, tal como erróneamente se le atribuye, que el fin justifica los medios. En realidad, contemplada desde la perspectiva contemporánea, su obra guarda no pocas semejanzas con cualquier estudio "científico" de la realidad política, es decir, con un análisis (pretendidamente) libre de juicios de valor. El deseo de liberarse del rígido marco filosófico escolástico, común a todos los pensadores del Renacimiento, es lo que en última instancia gravita detrás de este aparente desdén por el bien y la moralidad. Es por esto que Leo Strauss, en su Meditación sobre Maquiavelo, considera al italiano el primer exponente de la "modernidad" en la filosofía política (esto es, de la ruptura con el pensamiento clásico). 


La pregunta de si es posible un conocimiento político libre de "valores" o meramente descriptivo de la realidad es una constante en la época contemporánea. De un lado, las desastrosas consecuencias de las utopías ideológicas del último siglo ha tenido como consecuencia un escepticismo actual respecto a toda noción de régimen político ideal. De otro lado, la política parece ser un ámbito en el que las preferencias y las antipatías, lo correcto y lo incorrecto, parecen formar parte inseparable de su esencia. Maquiavelo no pretendió, como otros filósofos del pasado, dictar la última palabra en lo referente al mejor sistema de gobierno, pero su obra ha tenido unas repercusiones incalculables, en la medida en la que nos obliga a repensar constantemente dónde terminan el realismo y la moderación y donde empiezan el conformismo y la indiferencia moral. 


Nicolás de Maquiavelo, El príncipe, traducción de Miguel Ángel Granada Martínez, Alianza Editorial, 2010.

sábado, 27 de octubre de 2018

"El gobierno popular", de Henry S. Maine



Henry Sumner Maine (1822-1888) es conocido principalmente hoy en día como historiador y como jurista. Aunque su nombre en nuestros tiempos es casi desconocido para el gran público, durante su vida fue uno de los intelectuales más preeminentes de la Inglaterra victoriana. Enseñó en las universidades más prestigiosas, publicó artículos y ocupó cargos políticos en la administración colonial británica en India. Su aportación más destacada en el ámbito jurídico fue su investigación histórica sobre la naturaleza del derecho en las sociedades de la antigüedad, que le llevó a polemizar, entre otros, con el filósofo Herbert Spencer, cuyas teorías gozaban entonces de gran renombre. 

El gobierno popular es casi la única obra puramente política de Maine (si exceptuamos algunos de sus artículos), y constituye una recopilación de ensayos en los que se discuten las características de la democracia, sus perspectivas de futuro y sus posibles inconvenientes o peligros. Es importante comprender que la definición de democracia de Maine difiere de la habitual hoy en día, puesto que para él se reduce simplemente a un sistema de gobierno en el que el poder reside en la mayoría, coincidiendo por tanto con la concepción clásica. Del mismo modo, y siguiendo las ideas más aceptadas en su época, Maine distingue la idea de democracia de la de libertad y derechos individuales: para él no hay necesaria conexión entre el gobierno mayoritario y el respeto a las libertades, en especial las de las minorías, en una argumentación canónica al respecto y empleada entre otros por los federalistas americanos y por Alexis de Tocqueville. Tampoco piensa Maine que la democracia así entendida favorezca por sí misma el progreso o la evolución social, y más bien la asimila con una suerte de conformismo que liquida la creatividad y reprime a los espíritus críticos. Estas consideraciones, en las que de nuevo hay ecos de Tocqueville, serían repetidas de forma magistral por Ortega y Gasset y otros intelectuales europeos durante el período de entreguerras del siglo XX. De hecho, podemos establecer un paralelismo claro entre Maine y el filósofo español, pues en ambos se adivina un profundo recelo hacia el predominio de las "masas", aunque el británico no utiliza esta expresión en el sentido técnico orteguiano. 

Por el contrario, la gran admiración que Maine profesa hacia los Estados Unidos y su sistema político contrasta con las críticas anteriores y obliga a matizarlas en cierta medida. Estas alabanzas son todavía más sorprendentes dado que este país era considerado por muchos en la Europa de entonces como el mayor exponente de la democracia y del gobierno del "hombre común" (y rechazado por las mismas razones). Maine, sin embargo, juzga de un modo muy favorable la Constitución federal y entiende que el equilibrio de poderes que en ella se establece supone una protección férrea contra el intento de todo grupo más o menos numeroso de monopolizar el gobierno y violar los derechos de los demás. Una protección incluso mayor que la del sistema británico, que Maine reverencia pero sin albergar expectativas irreales sobre su efectividad. Estas ideas ponen de manifiesto que el liberalismo y el individualismo de Maine, si bien influidos por ciertas concepciones sociales "elitistas" prevalentes en su época, son de un carácter netamente político y aspiran ante todo a garantizar la libertad y el Estado de Derecho. 

La obra de Maine, por tanto, representa a la perfección el pensamiento de un importante sector de la intelectualidad y la opinión pública de los Estados europeos liberales de entonces, que favorecía el constitucionalismo y las libertades civiles pero desconfiaba de la capacidad del gobierno de la mayoría para preservarlos. Aunque Maine no pudo predecir la gran evolución posterior que el sistema experimentaría, y por tanto algunas de sus consideraciones pueden parecer superadas, los ideales de libertad y progreso social que defendió siguen vigentes y representan el criterio de legitimidad fundamental de toda forma de gobierno. 


Henry Sumner Maine, El gobierno popular, estudio preliminar y notas de Gonzalo Capellán de Miguel, traducción de Siro García del Mazo, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2016.

domingo, 23 de septiembre de 2018

"El discurso de Gettysburg y otros escritos sobre la Unión", de Abraham Lincoln



Abraham Lincoln (1809-1865) es uno de los más célebres presidentes de Estados Unidos, y no pocos estudiosos lo consideran el mejor que el país ha tenido. Aunque ha pasado a la historia por su liderazgo durante la guerra de secesión (1861-1865), su carrera política tiene interés por sí misma, y sus reflexiones reflejan su carácter de gran estadista.

Lincoln provenía de una familia humilde y gracias a su esfuerzo personal logró estudiar Derecho y convertirse en abogado, labrándose una reputación en la profesión y comenzando a intervenir en la política local. Inicialmente vinculado al Partido Whig, tras la escisión de este pasó al Republicano, siendo inesperadamente nominado en 1860 candidato a la presidencia del país. Su mandato (1861-1865) coincidió en gran medida con la Guerra de Secesión y supuso la aprobación de la Decimotercera Enmienda de la Constitución federal, que proscribía definitivamente la esclavitud en todo el país. Estos acontecimientos, junto con su posterior asesinato (primer magnicidio en la historia del país), han hecho que la imagen de Lincoln haya quedado indisolublemente vinculada a este conflicto, lo cual ha tendido a condicionar la interpretación sobre su persona y su legado. 

Sin embargo, aunque el debate sobre la esclavitud y la secesión constituyó sin dudas un hito clave en la evolución política de Estados Unidos, no es posible, en mi opinión, valorar la importancia de Lincoln sin entender los principios fundamentales que subyacen en su pensamiento y que en última instancia guiaron su conducta ante los desafíos que afrontó. Esa es la tarea que viene a cumplir esta recopilación de escritos suyos, ordenados cronológicamente, desde sus tempranos inicios en política hasta el fin de su presidencia. Algunos son intervenciones asamblearias determinadas por su compromiso partidista y, por tanto, de menor originalidad e interés. Otros revisten un carácter más personal e impresionan por el sentimiento que transmiten (véase especialmente el Elogio de Henry Clay, donde Lincoln rinde homenaje con motivo de su muerte a una de las mayores figuras políticas de su tiempo). Y otros, en fin, revelan un entendimiento de los fundamentos del sistema constitucional democrático no tan común en la época y que resultó esencial para vertebrar su línea de actuación durante los años críticos de su presidencia. Pues para Lincoln la esclavitud y la de la conservación de la Unión no eran, pese a lo que pudiera a veces parecer, cuestiones diferentes. Lincoln nunca fue un abolicionista radical como otros políticos republicanos, pero para él la esclavitud era por naturaleza incompatible con el gobierno libre (nada tiene esto que ver, dicho sea de paso, con sus opiniones raciales personales, que siguen generando ríos de tinta), y el gobierno libre, para pervivir, no podía fundarse en una teoría política como la que los rebeldes confederados defendían. La democracia, por lo tanto, requería tanto la continuidad de la federación como el fin de la esclavitud.

La frontera entre los ideales y la realidad sin duda existe, pero no es del todo impenetrable. El estadista se mueve siempre dentro de los límites de un mundo imperfecto, debiendo precaverse en todo momento de evitar los indeseables extremos tanto del radicalismo insensato como del inmovilismo paralizador. El sistema democrático no está exento de defectos y tendencias destructivas, pero la fidelidad a unos principios y una actuación política prudente y decisiva a la vez pueden permitir su continuidad. Tal es la contribución principal de Lincoln, tanto en el terreno del pensamiento como en el de la acción. 


Abraham Lincoln, El discurso de Gettysburg y otros escritos sobre la Unión, estudio preliminar, traducción y notas de Javier Alcoriza y Antonio Lastra, Tecnos, 2005.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Colaboración en The Cult


Me alegra anunciaros que desde ahora comienzo mi colaboración en la revista digital The Cult.es (Thesauro Cultural). 

Dirigida por Guzmán Urrero, la revista lleva siendo más de diez años un referente en el mundo de la tercera cultura, promoviendo el arte, la razón, la ciencia y el humanismo. En ella podemos encontrar contenidos muy variados sobre música, cine, literatura y ciencia, entre otros. 

Me siento muy orgulloso de poder colaborar con ellos, y os recomiendo activamente todo su trabajo. Desde aquí podéis acceder a la revista y a mis artículos.

martes, 28 de agosto de 2018

"Ensayos sobre la libertad y el poder", de Lord Acton


Lord Acton (1834-1902) no es un autor que haya resistido demasiado bien el paso del tiempo. Su fama hoy en día es escasa comparada con la que tuvo en vida y su nombre es poco conocido fuera del ámbito académico. Con la excepción de una frase que sí ha devenido célebre ("El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente"), sus aportaciones permanecen en una relativa oscuridad. Todo ello es de lamentar, pues se trata de una de las figuras fundamentales para entender la política y el pensamiento en la Inglaterra del siglo XIX. 

Acton fue principalmente historiador, y tuvo una carrera pública no muy dilatada, pero sí notable teniendo en cuenta su condición de católico. Desempeñó un papel clave en el intento de conciliar la adhesión a las libertades modernas con la fe romana, lo que le trajo no pocos problemas. Esta dualidad no siempre bien avenida entre sus posiciones políticas y su religión condicionó en buena medida su pensamiento, y no es aventurado decir que le impidió alcanzar un mayor reconocimiento como exponente del liberalismo británico. Aún así, siempre fue respetado por sus pares y considerado un hombre de gran altura intelectual. Su amistad con el poderoso primer ministro William Gladstone da cuenta de ello. 

Como historiador, su interés se centró en el estudio de los gobiernos libres, en las bases que sustentaban sus constituciones y en las causas que producían su decadencia. Este libro recoge una selección de sus ensayos más importantes a este respecto, ordenados según la época histórica tratada. Así, lord Acton reflexiona sobre el eterno problema de la libertad desde la antigüedad y el surgimiento del cristianismo, pasando por la Reforma y las guerras de religión, hasta las revoluciones modernas. Más allá de su explicable apego a su religión, en general se muestra razonable y, si no del todo imparcial, siempre sensato y nunca maniqueo. Su postura es favorable a la libertad, si bien carece del fervor ideológico que en su tiempo muchos correligionarios del partido de Gladstone exhibirían. Sus ideas sobre las diferencias entre católicos y protestantes en lo referente a la intolerancia con el disidente, aunque no están libres de sesgo, son interesantes y rompen con la visión estereotipada de otros. También son notables sus consideraciones respecto a la Revolución inglesa de 1688, sobre la que, no obstante su simpatía declarada, emite un juicio sereno y ponderado. 

Pero, sin duda, sus contribuciones más destacadas se encuentran en los ensayos finales, en especial el dedicado a la Revolución americana y la constitución de Estados Unidos. Se trata de un escrito polémico que claramente se encuentra mediatizado por la situación política del momento y, como tal, presenta parcialidades obvias, pero su punto de vista es digno de estudio y consideración. El tema esencial de estos últimos ensayos es la tensión, reconocida desde mucho antes y no siempre bien resuelta, entre el principio mayoritario como fundamento de la democracia y la necesidad de proteger los derechos individuales. 

Por último, es también magistral el ensayo final, que lleva por título "Nacionalidad". En él Acton acomete la tarea de diseccionar y analizar el fenómeno del nacionalismo, que había comenzado a florecer y propagarse en su época. Como hombre cosmopolita por educación y temperamento, y como liberal en política, Acton no puede ocultar sus temores hacia la nueva ideología que pronto dominaría toda Europa, y con visión profética previene contra sus peligros. 

Como indiqué al principio, Acton no es demasiado conocido, y por ello es de desear que esta obra permita al lector español tener acceso a él y discutir sus ideas. No se puede negar que sus planteamientos no son excesivamente originales y que, en general, los temas sobre los que escribe han sido tratados en profundidad por pensadores de mayor calado. Sin embargo, su pensamiento es muy representativo de los dilemas y contradicciones del liberalismo europeo del siglo XIX, y en la medida en que sus análisis pudieran arrojar luz sobre los desafíos a los que su sociedad se enfrentaba, tal vez sean igualmente provechosos para nosotros, que somos en gran parte sus herederos. 


Lord Acton, Ensayos sobre la libertad y el poder, presentación, traducción y edición de Paloma de la Nuez, Unión Editorial, 2016. 

lunes, 27 de agosto de 2018

"La rebelión de las masas", de José Ortega y Gasset


José Ortega y Gasset (1883-1955) es uno de los filósofos españoles más importantes del siglo XX, y uno de los que ha alcanzado mayor reconocimiento universal. La evolución de su pensamiento coincide en buena medida con sus sucesivas experiencias vitales, y estas a su vez no pueden entenderse sino en el marco de las grandes transformaciones que tendrían lugar en España durante la primera mitad del siglo. 

Como en la gran mayoría de los intelectuales de su época, el impacto de la crisis de 1898 fue crucial para definir sus inquietudes. Aunque Ortega suele ser adscrito a la Generación de 1914, su preocupación por la mejora y el progreso del país se alinea con las aspiraciones regeneracionistas, lo que se ve reflejado en las fructíferas relaciones que cultivó con exponentes destacados de estas ideas. Se convirtió pronto en un referente del liberalismo reformista español, defendiendo la necesidad de que la monarquía alfonsina evolucionara hacia un sistema plenamente democrático. De ahí su oposición a la dictadura de Primo de Rivera y su temprano apoyo a la Segunda República, de la que sin embargo terminó distanciándose. Durante la guerra civil se exilió y no regresó a España hasta años después. Su influencia, decisiva en vida, continúa hasta la actualidad. 

La rebelión de las masas, publicada como serie de artículos entre 1929 y 1930, se inscribe en un contexto político convulso, en una Europa conmocionada por el auge del fascismo y del comunismo, donde no pocos pensadores plantearon la inadecuación del sistema liberal democrático para afrontar los problemas existentes. Ortega se hace eco de este ambiente y articula una crítica severa contra el que, según entiende, es el espíritu de su tiempo: el espíritu del hombre-masa. Por "masa", tal como él mismo aclara, no se hace referencia a una determinada clase social o grupo de personas, sino a una mentalidad que se ha erigido en dominante en las sociedades occidentales y que hace peligrar sus bases como civilización. Aupada por la prosperidad económica y las libertades conquistadas por el liberalismo del siglo XIX, la masa no ha estado a la altura de tales desarrollos y no ha adquirido las virtudes ni el carácter necesarios para conservarlos. Al contrario: lo que predomina es una creciente vulgaridad, una perpetua autocomplacencia (el "señorito satisfecho") y una incapacidad para asumir las propias limitaciones. Todo ello conduce al rechazo de cualquier forma de autoridad, incluida la del conocimiento y la razón, con el inevitable corolario de una predisposición a la imposición violenta de las opiniones sin mediar argumentación.

Las consecuencias del predominio de las masas en la sociedad no son, por tanto, difíciles de discernir: los movimientos políticos de moda son sus claros herederos, y la destrucción y barbarie que ocasionan no son sino el resultado de aquel mismo espíritu. Ortega se posiciona en contra del fascismo, el comunismo y corrientes de semejante índole (al margen de su posición en el espectro derecha-izquierda), pues las considera responsables de la paulatina desaparición del ethos liberal europeo. Aunque también se critican algunas imperfecciones del liberalismo tradicional (el propio Ortega reconocerá que es preciso superarlo), lo cierto es que, leída en su conjunto, la obra evidencia claramente la adscripción del autor al mismo, quizá no en todos sus aspectos políticos, pero sí en la mentalidad y en la idea básica de lo que una sociedad civilizada debe ser.

El diagnóstico de Ortega es lúcido al diseccionar las tendencias sociales que influyeron de forma decisiva en el crecimiento del totalitarismo. Sin embargo, se echa en falta un análisis más profundo y detallado de la naturaleza de las masas y sus peligros. Al mismo tiempo, existe una fuerte carga de pesimismo y determinismo histórico en la obra que, a mi juicio, en ocasiones le resta calidad e impide al autor un tratamiento más extenso de los remedios con los que contrarrestar los males que señala. Pese a todo, son innegables el genio de Ortega y su clarividencia a la hora de prevenir contra un rumbo que a la postre se revelaría catastrófico. 


José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, ed. Domingo Hernández Sánchez, Tecnos, 2009. 

sábado, 25 de agosto de 2018

"La revolución inglesa, 1688-1689", de G. M. Trevelyan


Existen dos interpretaciones principales sobre la naturaleza y consecuencias de la Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra, que derrocó al rey Jacobo III y entronizó a Guillermo I de Orange. Una primera, de carácter más tradicional, prevalente desde casi el inicio, que la entiende como una rebelión fundamentalmente conservadora, orientada a combatir los abusos de poder del último monarca Estuardo y a restablecer las libertades básicas del pueblo inglés. Según dicha interpretación, la constitución histórica del país no sufriría cambios importantes, sino que más bien sería reafirmada. La revolución, por tanto, no sería el origen de ninguna clase de gobierno democrático ni plasmación de las nuevas ideas de algunos filósofos políticos de la época. 

La segunda interpretación, por el contrario, considera que los sucesos de 1688 representan la primera revolución moderna, y por ello su triunfo iniciaría el largo camino que llevaría un siglo más tarde al cuestionamiento del viejo orden en todo el continente y al apogeo eventual de las democracias parlamentarias liberales. 

G. M. Trevelyan (1876-1963), de familia de historiadores, pertenece claramente a la primera corriente, si bien su obra aporta nuevas perspectivas en relación con la obra clásica de Thomas B. Macaulay (familiar suyo). En esta monografía, publicada en 1938, Trevelyan expone de forma sucinta los antecedentes de la revolución, su desarrollo y las consecuencias del ordenamiento que esta vino a instaurar. Su juicio, como el de casi la totalidad de sus predecesores en el tratamiento del tema, es en su mayoría positivo, si bien incorpora algunas consideraciones interesantes que conviene mencionar. 

En primer lugar, Trevelyan muestra cómo la revolución tuvo el paradójico resultado de introducir un fuerte conservadurismo en la política inglesa durante el siglo siguiente, pues la gran satisfacción con lo alcanzado en 1688 produjo una prolongada aversión al cambio y una negativa frontal a modificar las leyes fundamentales. Así, es curioso ver cómo las ideas de aquella revolución, sin precedentes en Europa en su momento, iban a ser esgrimidas más tarde por los partidarios del viejo orden en la polémica contra los simpatizantes del ejemplo francés de 1789. 

En segundo lugar, no solo se analizan las consecuencias de la revolución en Inglaterra, sino también en Escocia e Irlanda, y Trevelyan observa críticamente cómo en estas tierras el proceso no se desarrolló de modo incruento ni tranquilo, sino de un modo mucho más traumático y con un resultado no siempre positivo. Especialmente amargo es el caso de Irlanda, donde los conflictos religiosos iban a determinar, bajo el ordenamiento de la revolución, una subordinación política de la mayoría católica a la minoría protestante. Con lo que la conquista de las libertades en un lugar produciría su pérdida en otro, flagrante contradicción que solo mucho después, en el siglo XIX, sería reconocida y abordada. 

Por último, es de señalar la importancia del acuerdo de los dos grupos políticos entonces existentes en Inglaterra (tories y whigs) en una alianza común contra la arbitrariedad de la corona, produciendo así un sostén firme para el cambio de régimen e impidiendo posteriores reacciones o represalias. Una rebelión contra el poder que se proponga conseguir cambios políticos relevantes, sentencia Trevelyan, no puede ser obra exclusiva de un partido o facción, sino que debe contar con un amplio consenso, pues de lo contrario su obra no será duradera. 

Hay que destacar que el libro está escrito de un modo claro y didáctico y se lee fácilmente. Es notable también la ausencia de prejuicios religiosos o políticos por parte de Trevelyan, que se manifiesta en el respeto con el que trata la figura de los diferentes personajes y sus motivaciones. 


G. M. Trevelyan, La revolución inglesa, 1688-1689, trad. Florentino M. Torner, Fondo de Cultura Económica, 1996. 

viernes, 24 de agosto de 2018

"Artículos federalistas y antifederalistas"


La Convención celebrada en Filadelfia entre mayo y septiembre de 1787 fue convocada, en principio, para discutir la reforma del gobierno que los americanos se habían dado tras lograr su independencia, que en aquellos primeros años había mostrado evidentes defectos. Sin embargo, mientras algunos confiaban en una mera revisión y actualización del mismo, otros ambicionaban algo mucho más ambicioso: diseñar un sistema totalmente diferente. Este criterio fue el que finalmente se impuso con la aprobación de la Constitución federal, por la que Estados Unidos se sigue rigiendo a día de hoy. El proceso de ratificación de la misma dio lugar a un gran debate público entre sus partidarios (federalistas) y adversarios (antifederalistas), que marcó el punto culminante de la filosofía política americana.

Esta edición recoge una selección de escritos de ambos bandos: por un lado, los artículos más relevantes de El Federalista, la publicación favorable a la constitución por excelencia, obra de Alexander Hamilton, James Madison y John Jay; por otro, algunas contribuciones señaladas de los autores antifederalistas. Como se menciona en la introducción, estos últimos nunca estuvieron a la altura de los primeros en cuanto a profundidad, elegancia y fuerza argumentativa, lo que en parte explica la victoria final de los federalistas.

Lo más interesante de esta discusión es comparar los diferentes argumentos que unos y otros presentan en relación a la cuestión principal: determinar si las libertades recientemente ganadas con la independencia podrían mantenerse bajo el nuevo sistema. A este respecto, aunque los objetivos eran similares, las posiciones eran claramente contrapuestas: los federalistas abogaban por un gobierno federal fuerte, una democracia representativa que conjurara sus miedos a las masas y un equilibrio de poderes que impidiera los abusos; los antifederalistas defendían los derechos de los Estados y una democracia de base más local.

Las aportaciones de los federalistas son, pues, las más destacadas, y en concreto las de James Madison (1751-1836), el "Padre de la Constitución", posteriormente presidente del país (1809-1817). El genio de Madison se manifiesta en su capacidad para concebir un nuevo diseño institucional que dé respuesta a los desafíos que históricamente habían enfrentado los gobiernos libres, tal como había señalado Montesquieu, cuya influencia se dejó sentir a ambos lados de esta controversia. Se trataba, en efecto, de limitar el poder del gobierno a la vez que prevenir la tiranía de la mayoría. Es clásico en este sentido el argumento de Madison a favor de una república de gran extensión, capaz de albergar intereses muy diversos y menos susceptible de favorecer la formación de una mayoría opresora. El escepticismo del virginiano respecto a la democracia pura también es notorio: es necesario frenar el fervor de las masas, pues supone una amenaza a los derechos individuales.

Sin duda, no se puede decir que la constitución federal haya sido totalmente eficaz al combatir todos los peligros que se proponía. Como toda democracia moderna, la americana no ha estado exenta de contradicciones e imperfecciones. La evolución política y social, por otra parte, iba a generar desafíos que Madison y sus aliados no habían podido prever. Pero a pesar de ello, no puede discutirse la gran importancia de sus contribuciones ni su papel en la definición del constitucionalismo. Como sucede en toda obra de estas características, es tarea de las generaciones siguientes preservar lo esencial y valioso y reformar lo que con el tiempo se haya revelado perfectible.


Artículos federalistas y antifederalistas. El debate sobre la Constitución americana, selección e introducción de Ignacio Sánchez-Cuenca y Pablo Lledó, Alianza Editorial, 2002. 

miércoles, 22 de agosto de 2018

"Reflexiones sobre la Revolución en Francia", de Edmund Burke


Edmund Burke (1729-1797) es ampliamente considerado el padre del conservadurismo moderno, aunque también ha sido un referente del liberalismo moderado. Pero aunque su denuncia de la Revolución francesa sea lo que le ha hecho ser más recordado hoy, Burke fue una personalidad interesante y llena de matices, no pudiendo reducirse su trayectoria ni sus ideas a una mera actitud reactiva. Por ello, pese a su adscripción ideológica común, continúa siendo estudiado y comentado por teóricos de muy diversa procedencia. 

Nacido en Irlanda, de madre católica y padre protestante, se trasladó muy pronto a Londres y sirvió como parlamentario durante largos años en la Cámara de los Comunes. A lo largo de su carrera defendió posiciones que no eran las que en principio se esperaría de un típico conservador: se opuso a los intentos del rey Jorge III de incrementar su poder a expensas del Parlamento, se mostró de acuerdo con las reivindicaciones de los colonos americanos, defendió a irlandeses y católicos y luchó contra la corrupción de la Compañía de las Indias Orientales. Estos antecedentes hicieron que su rechazo a la Revolución francesa suscitara la perplejidad de algunos. Sin embargo, basta leerle para entender la coherencia de sus planteamientos. 

Reflexiones sobre la Revolución en Francia, escrito en forma de larga epístola, parece a primera vista un trabajo desordenado y producto de impulsos, pero su tono apologético y en ocasiones maniqueo se explica por su finalidad, que no era otra que convencer al pueblo británico de que repudiara el ejemplo francés. Pues Burke siempre se consideró un old whig, esto es, un defensor de las libertades tradicionales del país y del legado de la Revolución de 1688, que él entendía sustancialmente diferente de la de 1789. 

Así, el libro discute la procedencia de las nuevas ideas que han dado origen al fenómeno revolucionario, comparándolas con los principios de la constitución británica a fin de demostrar la superioridad de estos últimos. Lo que se hizo en 1688, argumenta, fue restaurar las leyes no escritas del reino y los derechos adquiridos del pueblo, que habían sido amenazados por un rey tirano. Pero el principio de legitimidad monárquica se mantuvo intacto, y nunca se pretendió sustituirlo por una "voluntad general" quimérica. Además, la libertad británica tiene un asiento firme en la tradición y la costumbre, mientras que la libertad proclamada por los revolucionarios solo es una mera idea abstracta. Burke desconfía de la capacidad de la razón humana para rehacer la sociedad según sus designios, y confía más bien en la experiencia acumulada de las generaciones pasadas para orientar la acción política. 

Por todo ello, y amparándose en esta crítica del racionalismo constructivista, Burke critica duramente las medidas emprendidas por los revolucionarios y deplora sus consecuencias. Rechaza especialmente el daño infligido a la nobleza y la Iglesia, a las que considera esenciales para el país. Y juzga inviable toda pretensión de establecer una democracia, alertando de la anarquía y el desgobierno que se seguirán. 

Aunque la obra de Burke propició vigorosas respuestas de los simpatizantes británicos de la Revolución, en última instancia su criterio prevaleció y Gran Bretaña no siguió el rumbo francés. El prestigio de Burke quedó así asegurado y no tardó en extenderse al resto de Europa. Desde entonces su figura ha ocupado un lugar sobresaliente entre quienes en épocas posteriores han luchado por la permanencia del orden social. 

A pesar de que, leído en la actualidad, Burke puede parecernos anacrónico en muchos aspectos y equivocado en su defensa de determinadas instituciones históricas, es necesario atender a lo que en sus ideas hay de esencial y duradero. Su crítica al utopismo nos previene contra los intentos, a veces bienintencionados pero siempre nefastos, de prescindir de la experiencia y la prudencia en política. Su compromiso con la constitución británica nos recuerda la importancia de fundar la libertad sobre una sólida arquitectura institucional. Sus reflexiones, en suma, son una excelente guía para atemperar las pasiones y combinar las mejoras deseadas con el necesario mantenimiento del orden. 


Edmund Burke, Reflexiones sobre la Revolución en Francia, prólogo, traducción y notas de Carlos Mellizo, Alianza Editorial, 2003.

martes, 21 de agosto de 2018

"Del espíritu de las leyes", de Montesquieu (II)

Llegados a este punto corresponde analizar la teoría de la separación de poderes, quizá la contribución más señalada de Montesquieu a la filosofía política y al constitucionalismo. 

Pese a su gran influencia, Montesquieu solo discute la cuestión expresamente en el Libro XI, en el marco de la discusión sobre la libertad, y concretamente (de forma muy significativa) en el Capítulo 6, titulado De la constitución de Inglaterra. Montesquieu define en primer lugar los tres poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, y muestra mediante el razonamiento y a través de numerosos ejemplos cómo la libertad es imposible si los poderes están concentrados. La separación de poderes, por tanto, es el elemento que mejor garantiza una constitución libre. 

Por descontado que en el gobierno despótico no puede existir tal separación, pues en él la voluntad del que manda no conoce límites. Sin embargo, la separación de poderes en rigor no se identifica exclusivamente ni con la república ni con la monarquía: puede darse en ambas formas de gobierno, o puede no darse. Lo cual tiene todo el sentido si recordamos que toda república o monarquía pueden corromperse y degenerar. Además, el poder, como indica Montesquieu, tiende a expandirse. La defensa de la libertad exigirá, pues, un esfuerzo y vigilancia constantes. 

Únicamente en Inglaterra declara Montesquieu haber encontrado una constitución que tiene por fin directo la libertad (de ahí el título del capítulo). Se refiere, por supuesto, a la monarquía constitucional nacida de la Revolución de 1688. Se ha puesto en duda que Montesquieu conociera la verdadera naturaleza de tal régimen, dada la evolución en la que este se encontraba inmerso. En todo caso, su parecer era compartido por buena parte de los autores de su época, que veían en Inglaterra el modelo de constitución perfecta. 

De entre la multitud de seguidores de sus planteamientos, posiblemente los autores federalistas americanos sean los más destacados y los que primero trataron de seguir sus recomendaciones sobre la separación de poderes, si bien en otros aspectos cruciales se apartaron de sus enseñanzas. Su influencia sobre James Madison, el "Padre de la Constitución", fue particularmente importante. 

Para concluir, podemos decir que Montesquieu realiza un análisis, quizá no tan original, pero sí brillante y lúcido, de las causas de la decadencia de las distintas formas de gobierno, que en el caso de los gobiernos libres tiene especial importancia porque nos recuerda cómo fácilmente puede alzarse la tiranía. Esa, junto a la importancia de la división de poderes, me parecen sus aportaciones más relevantes. A diferencia de otros pensadores también de importancia pero cuya actualidad es menor, Montesquieu sí continúa teniendo, a mi juicio, mucho que enseñarnos hoy, y su obra sigue siendo un valioso manual de buen gobierno. 


Montesquieu, Del espíritu de las leyes, introducción de Enrique Tierno Galván, traducción de Mercedes Blázquez y Pedro de Vega, Alianza Editorial, 2003. 

"Del espíritu de las leyes", de Montesquieu (I)


Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu (1689-1755), es una de las figuras preeminentes de la Ilustración y de la filosofía política. Sus investigaciones sobre las características de los distintos regímenes políticos tendrían gran influencia en el pensamiento posterior, y especialmente, su teoría de los tres poderes acabaría convirtiéndose en un pilar del constitucionalismo moderno desde su recepción por los Padres Fundadores americanos. Aún hoy su obra sigue siendo objeto de multitud de comentarios e interpretaciones. 

Del espíritu de las leyes, publicado en 1748, es su libro principal y ha devenido en clásico. Su propósito, según declara Montesquieu al inicio (Libro I, Capítulo III), es establecer todas las relaciones que determinan la naturaleza ("espíritu", como él lo llama) de las leyes. La obra se dedica así a examinar todas estas relaciones. El resultado es un trabajo monumental, de gran extensión, en el que se discuten las leyes desde multitud de ángulos (en relación al régimen político, al clima, al comercio, a la religión, etc.). Aquí nos referiremos únicamente a los aspectos que más influencia han ejercido posteriormente y han sido más comentados. 

Montesquieu distingue tres formas de gobierno y entiende que cada una se guía por un principio propio: la república (que puede ser democrática o aristocrática), cuyo principio es la virtud; la monarquía, cuyo principio es el honor; y el despotismo, cuyo principio es el temor. El régimen despótico viene a ser el equivalente de lo que los clásicos denominaron tiranía, siendo por tanto el mal gobierno por antonomasia. La república y la monarquía son, en cambio, gobiernos válidos, y en ambos es posible la libertad política, que Montesquieu entiende como "seguridad" (se entiende, de la propia persona y de los bienes). Pero tanto uno como otro pueden degenerar por la corrupción de sus principios esenciales. La república democrática puede sucumbir a causa del "espíritu de igualdad extremada", que no es sino un igualitarismo falso y pernicioso que lleva al pueblo a abandonarse a las pasiones y caer víctima de demagogos, desapareciendo toda virtud pública. La república aristocrática se corrompe cuando los nobles se conducen arbitrariamente y sin moderación ni respeto por las leyes. Y la monarquía decae cuando se pretende suprimir los derechos de los cuerpos intermedios que forman el reino.

Sobre las formas de gobierno, debemos realizar dos consideraciones interesantes. En primer lugar, Montesquieu entiende la democracia como democracia directa y no se plantea la posibilidad de representación tal como hoy la conocemos. Asimismo juzga que las repúblicas, sean del tipo que sean, deben tener una extensión limitada, pues no está en su naturaleza abarcar grandes territorios ni conquistar o expandirse. La corrupción de la República romana ilustra esta idea.

En segundo lugar, al tratar del comercio, Montesquieu considera que su efecto natural es la paz y que incluso produce en los hombres cierto sentido de justicia. Establece, además, que la actividad comercial es más segura en las repúblicas que en las monarquías, y mucho más que en los gobiernos despóticos. Tal como lo expresa: "En una nación sometida a servidumbre se trabaja más para conservar que para adquirir; en una nación libre se trabaja más para adquirir que para conservar" (Libro XX, Capítulo IV). 

En la siguiente entrada comentaré la famosa teoría de los tres poderes y expondré mis conclusiones finales sobre Montesquieu. 

lunes, 20 de agosto de 2018

"Sobre la libertad", de John Stuart Mill


John Stuart Mill (1806-1873) fue uno de los pensadores liberales más importantes del siglo XIX. Su obra supuso un replanteamiento de los fundamentos filosóficos sobre los que hasta entonces había reposado el liberalismo, y que abriría la puerta, no mucho después de su muerte, a la evolución de este y su transformación. Mill fue además un destacado economista de la escuela clásica, y sus teorías representan la cumbre de dicha tradición. 

Sobre la libertad es posiblemente su libro más famoso sobre filosofía política. Tal como su título indica, aborda el gran problema de determinar los límites de la coacción estatal sobre las libertades individuales, que ha preocupado a los teóricos liberales desde entonces y que aún hoy sigue estando en el centro del debate político y continúa generando ríos de tinta. A pesar de ello, es una obra de apariencia engañosamente simple, relativamente breve y de prosa ágil y fácil de seguir. 

¿Cómo enjuicia Mill la cuestión? Para entenderlo hay que atender a sus supuestos filosóficos de partida. Mill se formó en la tradición utilitarista inglesa, guiado por su padre James Mill y por el gran fundador de esta corriente, Jeremy Bentham. Para Bentham, la ética y la moral se justifican por su utilidad, esto es, por su capacidad para incrementar el placer. Este mismo criterio sirve para justificar la actuación del Estado. Por tanto, para el utilitarismo no hay derechos naturales: todo derecho es creado por la ley positiva, y las buenas leyes no tienen otro fin que la utilidad. 

Mill sigue esta doctrina en tanto en cuanto su justificación de la libertad es utilitarista, pero intenta elaborar un concepto amplio de la utilidad que no se confunda con el mero hedonismo. Defiende que cada persona tiene una individualidad propia que la distingue de los demás, y que el libre desenvolvimiento de dicha individualidad es lo que permite alcanzar la felicidad, en los términos en los que cada uno la busque y entienda. La restricción de la libertad, por tanto, solo está justificada a la luz del criterio que enuncia Mill:

"El único propósito por el que puede ejercitarse con pleno derecho el poder sobre cualquier integrante de una comunidad civilizada, contra su voluntad, es para impedir que dañe a otros. Su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente" (Capítulo 1). 

Durante el resto del libro Mill no hace sino aclarar las implicaciones y aplicaciones de este principio en apariencia sencillo. Aunque no siempre adecuadamente formulada, la posición de Mill ha devenido casi ortodoxa en la concepción moderna de muchos derechos, como la libertad de expresión, a la que el propio Mill dedica extensas consideraciones. Su impacto en el constitucionalismo y en la teoría liberal es, por tanto, sobresaliente. 

Sin embargo, ya en vida de Mill muchos criticaron su idea como imprecisa e insuficiente para delimitar nítidamente el poder del Estado. El problema surge, en efecto, porque no siempre queda claro qué debe entenderse por "dañar a otros". Y la mejor prueba de ello la aporta la propia evolución del liberalismo británico: mientras el principio utilitarista se utilizó en un principio en contra de la intervención estatal y a favor del laissez-faire, con el tiempo pasó a emplearse como justificación de dicha intervención (el renombrado jurista A. V. Dicey describió perfectamente este proceso en su libro Lecturas sobre la relación entre derecho y opinión pública en Inglaterra durante el siglo XIX). En la teoría liberal del siglo XX el criterio de Mill también ha sido profusamente discutido y criticado, y las controversias modernas sobre su aplicación parecen mostrar que, a pesar de la brillantez y los esfuerzos de Mill, la cuestión de los límites de la libertad no puede zanjarse tan fácilmente. 

Es de destacar, por último, que la presente edición cuenta con un valioso estudio preliminar en el que, entre otros datos de interés, se nos proporciona información sobre la crianza y la personalidad de Mill y la manera en la que condicionaron su desarrollo intelectual.


John Stuart Mill, Sobre la libertad, traducción, estudio preliminar, edición y notas de Carlos Rodríguez Braun, Tecnos, 2008. 

"Escritos políticos", de Thomas Jefferson


Thomas Jefferson (1743-1826) es uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos más recordados. Además, como tercer presidente del país entre 1801 y 1809, desempeñó un papel fundamental en la definición del sistema de partidos y en la dirección política que habría de seguir la recién nacida república durante los veinte años siguientes. Su figura ha sido ampliamente estudiada, con múltiples biografías y análisis de diversa índole. 

Esta recopilación de sus obras incluye la Declaración de Independencia de 1776, varios ensayos y anotaciones biográficas, otros escritos oficiales y, finalmente, su valioso epistolario. A pesar del adjetivo de "políticos", no todos los textos presentados en esta edición lo son realmente en un sentido estricto. Muchos sirven principalmente para aproximarnos a Jefferson desde un plano más personal, o para ilustrar distintos episodios de su contribución como estadista. Sin embargo, no por ello el libro deja de conservar su unidad. Pues en Jefferson, como en casi todos los grandes personajes, sus facetas privada y pública no pueden disociarse y deben entenderse como partes de un todo.

Así, Jefferson fue, en primer lugar, un profundo defensor de la Ilustración y del racionalismo, opuesto a cualquier forma de fanatismo religioso. Su lucha por asegurar la libertad de conciencia en el ordenamiento jurídico de su Virginia natal, que lo llevó a enemistarse con el clero local, resume perfectamente esto. Fue también un partidario decidido del republicanismo, que siempre le pareció el mejor sistema para salvaguardar las libertades del pueblo y el único compatible con la igualdad esencial de los hombres. Por ello criticó duramente las monarquías europeas y se esforzó por impedir la consolidación de una nueva aristocracia en América. 

Pero Jefferson no fue solo un revolucionario ilustrado: también fue un hombre del Sur. Nació en una plantación y siempre se sintió muy vinculado a sus raíces. Por este motivo, su idea de Estados Unidos no era, como la de sus rivales políticos, la de una potencia industrial, sino la de una república agraria, fuertemente descentralizada, basada en el predominio del pequeño propietario y en una educación clásica orientada a producir ciudadanos virtuosos. Esta preocupación por la educación es una constante en los escritos de Jefferson, como también lo son sus críticas a la banca, a la acumulación de deuda y a la expansión ilimitada del crédito. 

En este punto convendría hablar de la espinosa cuestión de la esclavitud. La visión y actitud de Jefferson al respecto son controvertidas, pero me inclino a pensar, a tenor de sus palabras en su carta a Edward Coles del 25 de agosto de 1814, que era personalmente consciente de la injusticia que la esclavitud suponía, pero no creía que el país estuviese preparado para encontrar una solución adecuada al problema, y de ahí su escaso activismo en contra. Su estricta idea de los derechos de los Estados tampoco le predisponía a adoptar una postura muy beligerante en este sentido. 

¿Cómo evaluar a Jefferson? En mi opinión, su fervor ideológico, aunque encomiable y en parte justificable dadas las circunstancias históricas, no constituye una base sólida para fundar un gobierno libre, pues es excesivamente proclive al populismo. Su crítica al industrialismo, aunque bienintencionada y con algún aspecto aprovechable, presenta muchos puntos débiles y peca de romanticismo. Sin embargo, su ideal de ciudadano virtuoso, implicado en la comunidad y celoso de su libertad, se me antoja muy deseable de recuperar, pues no es posible a la larga resistir los abusos del poder sin la existencia de una sociedad civil fuerte y cohesionada, por mucha ingeniería constitucional que se utilice. Para ello la educación, como discernió Jefferson, es fundamental.

Jefferson ha sido interpretado de modos muy diferentes: como revolucionario y como conservador, como democrático y como aristocrático, como esclavista o como antiesclavista. Pero tanto el joven intelectual exaltado y radical, como el presidente fuerte y enérgico, como el viejo caballero sureño retirado, no dejan de ser diferentes facetas de un mismo hombre. Sus contradicciones son las de su época, como igualmente contradictorio es su legado. 


Thomas Jefferson, Escritos políticos, ed. Jaime de Salas, trad. Antonio Escohotado y Manuel Sáenz de Heredia, Tecnos, 2014. 

domingo, 19 de agosto de 2018

"Ensayos morales, políticos y literarios", de David Hume




David Hume (1711-1776) ha pasado a la historia por su empirismo radical y su escepticismo respecto a la metafísica y las verdades filosóficas generalmente aceptadas en su tiempo. Sin embargo, como apunta acertadamente Eugene F. Miller en el prólogo a esta edición, no son sus trabajos de filosofía pura los que le dieron fama en vida, sino esta monumental recopilación de ensayos, que empezaron a publicarse en 1741.
Los ensayos tratan una gran variedad de temas, si bien, pese a los tres adjetivos que acompañan a la obra, predominan los de contenido político y social. Así, Hume escribe profusamente sobre el significado de la libertad civil, el papel de los partidos, el origen y fines del gobierno, el equilibrio de poderes en la constitución británica, etc. Para entender adecuadamente sus ideas es preciso referirnos en primer lugar al contexto histórico de sus reflexiones.
La Revolución Gloriosa de 1688 había establecido en Inglaterra una monarquía constitucional, donde el rey continuaba al frente gobierno, pero su poder iba a verse limitado por el Parlamento y por la obligación de respetar las libertades tradicionales del pueblo, plasmadas en el Bill of Rights de 1689. El Ordenamiento de la Revolución, por tanto, proclamaba un equilibrio de poderes. Sin embargo, durante el siglo siguiente surgió la figura del primer ministro (aún sin tal nombre oficial), que al frente del gabinete y controlando la mayoría de la Cámara, tendía a asumir la dirección política efectiva. En suma, se iniciaba la evolución hacia una monarquía plenamente parlamentaria. Esto no pasó desapercibido a las grandes mentes del reino, tampoco a Hume. ¿Cuáles fueron sus opiniones al respecto?
Sorprendentemente, y al contrario que en sus teorías filosóficas, en política Hume muestra un temperamento moderado y no toma ninguna postura extrema. Defiende la libertad, pero no la asume como un axioma incuestionable y en algunos casos hasta considera que puede ser excesiva (significativamente, por ejemplo, en la libertad de prensa). Aprecia las ventajas de las repúblicas antiguas, pero también sus defectos y a veces las compara desfavorablemente con las monarquías de su tiempo. Cree en la posibilidad de una ciencia de la política, pero se cuida de caer en ningún dogmatismo ideológico. Pese a su preferencia por el equilibrio de poderes, defiende la necesidad del poder moderador de la corona.
Podemos concluir, por tanto, que Hume es en conjunto favorable a los gobiernos libres y, por tanto, al legado de 1688, pero combinando esto con una visión bastante conservadora del ser humano, lo que le conduce a rechazar todo fervor ideológico y veleidad utópica. Esto se ve claramente en su rechazo de las teorías contractualistas, principal sostén doctrinal de las revoluciones modernas:
“El hombre, nacido en una familia, se ve obligado a mantener la sociedad, por necesidad, por natural inclinación y por hábito. Esta misma criatura, en su ulterior progreso, se dedica a establecer la sociedad política, con el fin de administrar justicia […]” (Del origen del gobierno).
Su moderación y su realismo político me parecen, pues, las notas más relevantes de su pensamiento. Ninguna forma de gobierno es infalible ni ningún ideal puede guiarnos si se vuelve utópico y contrario a la naturaleza humana. Esa es la gran lección del escéptico Hume.

David Hume, Ensayos morales, políticos y literarios, ed. Eugene F. Miller, trad. Carlos Martín Ramírez, Trotta, 2011.